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jueves, 9 de mayo de 2013

COMO COMENZO TODO

La Vieja Casa
Yo no he sido una persona a la que le haya gustado andar por andar. Y para colmo en este viaje no llevamos coche. Pues para ir al río -un magnífico lugar donde esconderse y tener una cierta intimidad- había que hacer todo el camino andando. Y si para mí subir y bajar al río ya suponía un gran conflicto interior, tenía que hacer balance entre lo que a mí me proporcionaba ese lugar y la parte de mí que yo dejaba en el camino.
Pues ya ves, en esta ocasión había que llegar hasta nuestro pequeño “shangri-la” andando desde el principio, incluidos los 4 km de ida y los 4 km de vuelta, parte del recorrido que siempre hacíamos en coche. Pero contra todo pronóstico, me dí cuenta que llegaba al río con cierta facilidad (terminaba molido).
Lo cierto es que ese año 2008, lo estábamos pasando francamente bien. Juanmi, Isidro y yo intuíamos que ese año era probablemente el último en el que coincidiríamos para echar esa corta semana de vacaciones. Semana que practicamos desde bastante años atrás... incluso antes de trabajar en la fresas (esto es otra historia).
Primera Curva
Bueno, continuo. Soy una persona acostumbrada a irse por las ramas. El penúltimo día de estas vacaciones, no me encontraba bien, no bajé al río. A decir verdad, pasé un placentero día de cama, que al contrario que “andar por andar”, “la cama por la cama” siempre me ha molado.
Por la tarde-noche nos tomamos unas cervezas en el bar
Terraos
con Mónica, amiga nuestra de Nieles. Pero yo me tuve que irme pronto, tenía dolor en un brazo. Algo así como cuando se suele estar griposo. Les preparé unos macarrones para cenar: los mejores macarrones, jamás tomados (eso también es otra historia).


A la mañana siguiente, me levanté de la cama. Al ir a ponerme en pie, no sé por qué me caí al suelo. Llamé a Juanmi, me ayudó a ponerme en pie y ya subí a la planta de arriba.


Desde mi Ventana




















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